lunes, 15 de septiembre de 2014

MOMPOX, la ciudad perdida en el tiempo.

3h52. Il fait nuit noire. Un coup de frein plutôt brusque, les lumières s’allument, le bus est arrivé. Les passagers encore endormis commencent à refaire leurs sacs, défaits en l’espace de quelques heures pour sortir couettes et draps –dans le bus il ne fait pas plus de 15 degrés-. Heureusement, une vieille dame nous indique qu’effectivement, nous sommes arrivés au village de El Banco, après presque 12 heures de voyage depuis San Gil.
A notre belle surprise, dehors il fait chaud et humide, les cheveux se frisent tout d’un coup, les locaux nous approchent pour nous proposer de nous emmener à Mompox, ce village posé sur une île de la rivière Magdalena, à la frontière entre le département du même nom et celui de Bolivar.
Avec nos trois compagnons de voyage hollandais et après un “tinto” (petit café comme ils l’appellent ici), nous voila embarqués dans un mini van en direction de Mompox.
A l’arrivée, le soleil se lève, la chaleur aussi. On est proches de la côte et ça se sent. 

Mompox est un petit village, un des lieux de la Colombie encore preservé du tourisme. Déclaré patrimoine culturel de l’UNESCO, ses ruelles au bord de la rivière sont calmes et tranquilles. Les maisons colorées rappellent encore l’ère coloniale, et les trois charmantes places réunissent, une fois la chaleur passée, les momposianos autour d’une orange pressée ou d’une bière.

Quelle aventure pour arriver dans ce coin pommé ! Neanmoins, cette épopée valut le coup, pour comprendre et vivre la vie d’un veritable village colombien, se reposer à la Casa Amarilla et discuter avec les employées qui y travaillaient, faire des rencontres sur la place Santo Domingo autour d’un barbecue (asado, comme disent les colombiens), discuter avec Amalia, la petite fille de 14 ans mais aussi mûre et maline qu’une jeune femme de 20 ans.
Le départ de Mompox ne fût pas moins intéressant. Un gros orage tropical nous empêchant de prendre le bus direct, nous décidions de prendre le chemin le plus court, mais pas le plus court puisqu’il impliquait multiples arrets, des chemins en boue, des bateaux, des heures serres dans le van du reggaeton et quelques noix de coco.

Ce qui nous a le plus plu: el asado de la place Santo Domingo avec les momposianos, les ballades dans les ruelles à la recherche de fruits au petit matin, la belle rencontre avec un couple franco-colombien avec qui nous passerions quelques jours sur la côte, l’aventure aller, et l’aventure retour, pour rejoindre Cartagena de Indias, joyau de la côte colombienne.

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3h52. Noche oscura. Un frenazo, unas luces, y el autobús había llegado. Los pasajeros aún medio dormidos se pondrían a recoger sus maletas, deshechas en unas horas para sacar a la desesperada mantas y ropa de abrigo – y es que en los autobuses colombianos, no hace más de 15 grados. Afortunadamente, una señora mayor nos indicó que habíamos llegado al pueblo de El Banco, tras 12 horas de viaje desde San Gil.

Buena sorpresa: tras el frío de Bogotá y de las tierras interiores, afuera por fin hacía calor. Un calor húmedo, el pelo se rizaba, y los locales ya nos proponian llevarnos al pueblo de Mompox, ese pueblito en una isla del río Magdalena, en la frontera entre el estado que lleva el mismo nombre y el de Bolivar.
Con nuestros tres compañeros de viaje holandeses y tras un tinto (a lo que llaman aquí un cafecito), nos embarcamos en una van en dirección a Mompox. A nuestra llegada amanecía y el pueblo despertaba bajo el calor costeño.  

Mompox es un pueblo pequeño, uno de esos lugares en Colombia aún preservado del turismo. Declarado patrimonio cultural por la UNESCO, sus callejuelas tranquilas y coloridas bordean el rio y recuerda la era colonial. Su ritmo apacible y lento es propio del Caribe,  y una vez pasadas las horas de calor, los momposianos se reúnen en alguna de las tres plazas con una cerveza o un jugo natural.

La salida de Mompox no fue menos interesante. Una tormenta tropical nos impidió tomar el bus directo, y acabamos tomando el camino más corto, que no el más directo, que implicaría múltiples paradas, incluidos caminos de barro, barcos, horas pasadas en una van con reggaeton, y unos cuantos cocos entre medias.

La aventura para llegar a ese pueblo valió la pena, para vivir un poco más la verdadera vida colombiana de la costa. Lo que más nos gusto, descansar en la Casa Amarilla y hablar con las empleadas de allí, tomar el asado con los momposianos en la plaza Santo Domingo y conocer a una pareja franco-colombiana que serían nuestros compañeros de viaje; que salir a por fruta por la mañana fuese una actividad en si; hablar con Amalia en el borde del río, una niña de 14 años que sin embargo parecia igual de viva que una chica de 20.

©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol
©2014 Julie Cayrol

BARICHARA, footage.

©2014 Julie Cayrol. Barichara 
©2014 Julie Cayrol. Barichara 
©2014 Julie Cayrol. Barichara  
©2014 Julie Cayrol. Barichara 
©2014 Julie Cayrol. Barichara 
©2014 Julie Cayrol. Barichara  
©2014 Julie Cayrol. Barichara 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

VILLA DE LEYVA, BARICHARA- Colombia es chévere

Era momento de salir de la ciudad. Con unas amigas "cachacas"  (cachaco= de Bogota), salimos lentamente hacia el norte, pasando por varias provincias: Cundinamarca, Boyocá, Santander y finalmente, Magdalena. Pararíamos primero en Ubaté, famoso por sus quesos, en Chiquinquirá, por su iglesia, y en Raquirá, por sus hamacas de colores. Dormimos en Villa de Leyva, un hermoso pueblito blanco que de alguna manera parece un pueblo andaluz, con sus balcones y sus rejillas, a unos casi 2000 metros de altura, de noches frescas pasadas en la plaza principal tomando vino o cerveza, la que dicen que es la mayor plaza de latinoamérica. El segundo pueblo más visitado después de Cartagena, no es ninguna sorpresa encontrarse allí con los argentinos nómadas, bajo todas sus variantes : Pablo, el que da la vuelta al mundo en bici desde hace 12 años, Ernesto, el que hace shows tocando la guitarra para ganarse la plata, y a los arrebatados del swing, un genial grupo de swing del que os dejo una muestra. Fue una noche bien chévere ante tanta mezcla de viajero y colombiano- un ambiente hippioso que recordaba a San Cristobal, en México. Un primer contacto con los pueblos de Colombia, su encanto, y sus habitantes tan relajados.

Al día siguiente seguimos nuestra ruta, bajando carreteras con curvas en autobús y pasando por paisajes áridos montañosos que de pronto se volvían más frondosos. Nos quedamos en San Gil, pueblito famoso por sus deportes de aventura, rafting y paragliding- no estaban los ánimos para tanta adrenalina. Preferimos gozar de la tranquila plaza ahumada y con olor a asado, del simpático ambiente que le daba los niños comiendo mazorcas de maíz u helado de arequipe. La verdad, la verdad, San Gil de bonito tiene poco, como dicen hasta los de allí, pero se come un aguacate delicioso, y unas ensaladas de fruta bien baratas en la barra del Mercado. Y en buseta se llega enseguida a Barichara, un hermoso pueblo de los colores de la tierra, rojizo, verde y blanco, tranquilo como ninguno, silencioso, y con patios lindos llenos de flores. Bueno, tranquilo hasta que decidimos meternos en el bar de donde salía la música- corridas mexicanas pero version colombiana-, y allí, en un especie de patio, nos dejamos invitar a cervezas por los pueblerinos que jugaban al tejo (un especie de petanca local), asegurando que mis ojos parecían dos esmeraldas, y que irían a visitar a Andrea a México. Lo mejorcito del pueblo: esa tarde de cervezas.

Esa noche saldríamos para Mompox, el pueblo que inspiró a Gabriel Garcia Marquez en Cien Años de Soledad, pueblo en el que nos encontramos ahora. Esa aventura, os la dejo para el siguiente capítulo. Las fotos de Villa de Leyva, vendrán más tarde, que en Mompox la conexión es mala !

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Il etait temps de quitter la capitale.
Nous sommes actuellement en route pour la côte caribéenne, à Mompox, le petit village qui a inspiré Gabriel Garcia Marquez dans Cent Ans de Solitude.
Mais bien avant d’arriver ici, nous avons parcouru doucement plusieurs provinces depuis Bogota: Cundinamarca, Boyoca, Santander et enfin, Magdalena. Un premier aperçu des villages colombiens et surtout, de l’humeur relâchée de ses habitants. 
La route nous mènerait d’abord à Ubaté, patelin connu pour ses fromages, à Chinquiquira, dont l’eglise domine tout le village, puis à Raquira, village décoré de hamacs de toutes les couleurs, avant d’atteindre Villa de Leyva, qui nous accueillerait le temps d'une nuit. Villa de Leyva, petit village blanc plongé au fond d'une vallée, ressemble un peu, beaucoup même, à un village typiquement andalou, où les vieilles dames prennent l’air devant leur portail en fer forgé, et où les balcons en fleurs offrent généreusement un peu d’ombre aux passants. Notre (fraîche! on est à 2000 mètres d'altitude) nuit fut remplie de belles rencontres – peu étonnant, étant donné que Villa est le deuxième lieu le plus visité après Cartagena-. La nuit, la place principale -la plus grande d’Amérique latine, dit-on -, est inondée d’un mélange de voyageurs et de locaux qui boivent de l’aguardiente ou de la bière. Pas surprenant non plus donc, d’avoir croisé plus d’un argentin nomade, sous toutes leurs formes: Pablo, qui fait le tour du monde à vélo depuis 12 ans, Ernesto, qui fait des shows de guitarre depuis 3 ans afin d’atteindre le mexique, ou encore los arrebatados del swing, un groupe sympathique dont la musique réjouissait tous les flâneurs..

Le lendemain, un bus nous transporta à travers de sinueuses routes de montagne, traversant un paysage aride qui deviendrait de plus en plus humide, pour atteindre le village de San Gil, au pied de la cordillère, connu pour le rafting et autres sports de montagne. Notre activité (passive!) fut plutôt la même que celle des villageois: profiter de la place principale enfumée et dont l’odeur me rappelait les barbecues américains de mon frère, et voir passer les enfants souriants, glace à la main. San Gil, les habitants le disent eux-mêmes, n’est pas si beau en soi, mais plutôt chaleureux. Son voisin, Barichara, à trois quarts d’heure en bus (la salsa accompagne, toujours !), est un magnifique et silencieux petit village, peint en blanc, rougeâtre et vert, tout comme la couleur de la terre alentour. Les enfants à la sortie des classes sont aussi charmants que les petits patios des villas, mais pas autant que les personnages qui firent de notre après midi un moment mémorable: quelques villageaois dans une cour transformée en bar, qui jouaient au tejo, une sorte de pétanque locale, au son de la musique de la région, et nous invitaient à quelques bières en assurant que mes yeux ressemblaient à deux émeraudes et qu'ils iraient rendre visite à Andrea au Mexique. Dragueurs, ces colombiens !

Le reste des photos viendront plus tard, la connexion ici à Mompox étant très mauvaise !

©2014 Julie Cayrol. Chinquiquirá
©2014 Julie Cayrol. Ráquira
©2014 Julie Cayrol. Ráquira
©2014 Julie Cayrol. Ráquira
©2014 Julie Cayrol. Ráquira
©2014 Julie Cayrol. Villa de Leyva
©2014 Julie Cayrol. Villa de Leyva
©2014 Julie Cayrol. Villa de Leyva
©2014 Julie Cayrol. Villa de Leyva
©2014 Julie Cayrol. Villa de Leyva
 Villa de Leyva
©2014 Julie Cayrol. Villa de Leyva



martes, 2 de septiembre de 2014

BOGOTÁ, COLOMBIA: La reconquista de la arepa !


Bogotá: Al aterrizaje, viniendo del DF, hasta podía parecer que uno llegaba a una ciudad mediana. Una pista de aterrizaje entre árboles da la impresión de una ciudad verde. Encerrada entre dos cordilleras, a 2400 metros de altura, Bogotá es fría y hasta algo gris. Y es que se dicen que en Colombia la geografía define mucho al colombiano. Cada vez más urbanizada, aunque con una vida rural y de pueblo que pronto descubriríamos, las ciudades colombianas parecen estar poco conectadas, aunque cada una con su particularidad. Dicen de Bogotá que es caótica, de Medellín funciona bien y es elegante, de Cartagena, la caribeña, que es la más hermosa y de las que más ritmo tienen-aunque parece que difícilmente supera a Cali, la rumbera. 

Bogotá conserva un aire literario, teatral y musical. La Candelaria, su centro histórico, se parece a una ciudad colonial, repleta de colores y bullicio. Es un barrio misterioso, cuyos rinconcitos están escondidos: cafés literarios repletos de hombres mayores , centros culturales, tiendas de comida orgánica y museos se dispersan por las calles del barrio antiguo. Las calles se llenan de niños saliendo del colegio, que se detienen a comprar obleas rellenas de arequipe (el dulce de leche local), o cocadas de arequipe con coco. Es misteriosa y un poco peligrosa, pero hay que saber llevarla, conocerla, con sus contrastes y sus diferencias. 

Norte vs. Sur, como el mundo mismo, definen a esta ciudad geométricamente distribuida entre carreras que van de norte a sur, y calles que van de este a oeste. Pasado una cierta línea, el foráneo ya no es bienvenido, y es que a algunos barrios los llaman "El Bronx", o la "Zona Roja, Santa Fe". Otros, al norte, más apacibles para el viajero, se denominan "Zona Rosa" o "Zona T". Los nombres lo dicen todo. Afortunamente, uno parece siempre estar acompañado de un ángel de la guarda, ya sea otra extranjero o mucho más comúnmente, algún colombiano generoso (hay muchos de esos, muchos) que ayudan a uno a evitar meterse en la boca del lobo. Esos mismos colombianos son los que hablan con orgullo de su país, y narran con detalles la historia tan trágica y tan contemporánea que han vivido. Felices de poder abrirse al mundo, y disfrutar de su propia cultura, el colombiano presume y quiere ayudar al extranjero a sentirse a gusto. 
Claro que pasado una cierta hora, y en ciertas calles, el ambiente no es tan jovial y simpático como en otras zonas. Un tanto oscuro e inquietante, uno aprende a usar ese sentimiento escondido mejor llamado intuición. 

Pero sin duda, al llegar a Bogotá uno se da cuenta enseguida de lo que define este país. Por un lado, está la música y aaaay, la danza. Aquí se baila de todo, salsa, merengue, bachata, vallenato. Y como nos dijo un taxista, lo peor que te puede pasar en la vida es sacar a una pelá a bailar y que no sepa moverse. No pues, mejor te buscas otra enseguida! Aquí la manera de bailar define a la persona, y sí que saben moverse. Música por todos lados, les da ese carácter tan amable y simpático, tan alegre. Todos los encuentros, por cortos o superficiales que sean, se terminan por un "que estén muy bien", o un "felicidades", o un "son muy queridas", o "muy tiernas" u otros miles de piropos que ni agresivos ni asquerosos, resultan agradables. Bien hablados y con increíble dominio de la lengua - y aunque nos queda mucho que ver-, los colombianos sí parecen ser lo mejorcito de Colombia. 

Lo que más nos gustó: el barrio de la Candelaria, con sus centros culturales, comer delicioso en Quinua y Amaranto, los dulces de arequipe, los cafés/bares escondidos al subir un piso en callejuelas, el Museo Botero, el restaurante Andrés Carne de Rés y sus decoraciones en Chía, la vista desde Montserrate y las gente que conocimos allí, los taxistas de Bogotá y su conversación, el restaurante Bandidos en la Zona Rosa y su música en directo y ayyyy rumbear en el Gaira ! (el bar de Carlos Vives)

Recordad: click en las fotos para hacerlas grandes 
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Bogota, à l’aterrissage, et en venant de Mexico, on croirait presque qu’il s’agit d’une ville de taille moyenne. Quelle illusion ! La piste en tous cas, est entourée de végétation et voilà bien une des caractéristiques de Bogota: c’est une ville plutot verte. Enfermée entre deux chaînes de montagnes, à 2400 mètres d’altitude, Bogota est froide, presque grise. Il paraît que la géographie détermine bien les traits de caractère des colombiens. Trois cordillères (occidentale, centrale et orientale), de grandes villes, très distinctes entre elles, et une vie rurale et villageoise bourgeonnante que nous découvririons bientôt. On dit de Bogota qu’elle est chotique, alors que Medellin est connue pour être belle et bien organisée, Cali est le berceau de la salsa, et Cartagena, sur la côte caribéenne, est la plus isolée et -dit-on-, la plus belle.

Bogota garde une atmosphère culturelle, littéraire, théâtrale, musicale. Le centre historique de la Candelaria est bouillonant, coloré, chaotique, et la nuit, mysterieux et presque un peu dangereux. C’est le lieu de réunion des artistes et comédiens, des musiciens, des voyageurs et des poètes. Hommages à Gabriel Garcia Marquez, musées, centres culturels, cafés litteraires, petits restaurants-boutiques et autres petits coins cachés derrière des portes en couleur rendent ce quartier intéressant à explorer, auprès des enfants sortis des collèges, une “oblea à l’arequipe” à la main, cette sucrerie locale.
Nord vs. Sud, comme toujours finalement, sont les axes qui divisent cette ville construite de façon géométrique. Passée une certaine rue, mieux vaut ne pas s’aventurer dans les quartiers du Bronx ou de la Zona Roja. Les noms parlent par eux-mêmes, et s’opposent à la Zona Rosa ou Zona T des quartiers du nord, bien plus riches. Heureusement, les généreux colombiens sont souvent prêts à aider, et à indiquer au touriste perdu les zones à éviter, les rues qui deviennent dangereuses la nuit. Tout ceci, melé à l’intuition de chacun, font de Bogota une ville agréable et sympathique.
Les colombiens se montent plutôt heureux, orgueilleux de leur pays, prêts à parler de leur histoire douloureuse et si récente, curieux de connaître les étrangers, et ravis de montrer leur nation. Voilà probablement ce qu’il y a de plus beau en Colombie. C’est ce qu’on dit, et c’est déjà ce que je ressens. Ca, et évidemment, la musique, la salsa, le merengue, la bachata, cette constante harmonie qui envahit tous les coins de rue, depuis la boulangerie jusqu’aux salons en passant par les bus et les cafés. Tout le monde sait danser ici, et comme nous disait un chauffeur de taxi, “le pire qui puisse t’arriver c’est de danser avec une fille qui ne sache pas bouger, mieux vaut rapidement en trouver une autre, car la danse, ça montre tout de suite le caractère de chacun !”. Polis et bien élevés, avec une maîtrise parfaite de la langue espagnole, la plupart des colombiens sont charmants et ont toujours un mot gentil et agréable pour ponctuer leurs phrases, un petit commentaire ou compliment.
Ce qui nous a le plus plu à Bogota; 
Le quartier de la Candelaria, ses centres culturels, le restaurant Quinua y Amaranto, les gourmandises à l’arequipe, les cafés cachés en haut des escaliers en plein centre, le museo botero, le restaurant Andrés Carne de Rés et son décor à Chia, la vue depuis montserrate, les chauffeurs de taxi et leurs thèmes de conversation, le restaurant Bandido Bistrot en la Zona Rosa, et aaaaah la rumba à Gaira Café, ce bar qui appartient à Carlos Vives, dieu du vallenato colombien !

Cliquez sur les photos pour les voir en grand !




©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá

©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá
©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá
©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá
©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá
©2014 Julie Cayrol
La Candelaria, Bogotá. Museo Botero
©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá
©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá. Amor por Gabo.
©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá.
©2014 Julie Cayrol. La Candelaria, Bogotá
©2014 Julie Cayrol. Bar el Mercantil, también llamado "el cafetito de allá". Bogotá 
©2014 Julie Cayrol. Bar el Mercantil, también llamado "el cafetito de allá". Bogotá
La catedral de sal, Zipaquirá
©2014 Julie Cayrol. Andrés Carne de Rés, Chía, cerca de Bogotá 
©2014 Julie Cayrol. Andrés Carne de Rés, Chía, cerca de Bogotá
©2014 Julie Cayrol. Andrés Carne de Rés, Chía, cerca de Bogotá 
©2014 Julie Cayrol. Teleférico a Montserrate, Bogotá
©2014 Julie Cayrol. Vista desde Montserrate, Bogotá